Kathrine Switzer

(Ganadora de la Maratón de Nueva York en 1974)

Estamos arriba, en todo lo alto del gigantesco Verrazano-Narrows bridge, con una vista impresionante de la ciudad más maravillosa del mundo. Por un instante, es como si la poseyéramos. En ese momento, los imponentes rascacielos nos lanzan un desafío: “¡ven y cógeme si puedes! ¡Ven y cógeme si tienes lo que hay que tener! ¡Soy la Ciudad Que Nunca Duerme! ¡Soy la Gran Manzana! ¡Soy la número uno! Soy Nueva York, y la única forma de que alguna vez puedas conquistarme es corriendo la maratón”.

Así que veamos de qué eres capaz…”

Brincamos entre los 50.000 corredores que, como tú, también están hechos un flan. ¿Qué es lo que sientes en este momento? ¿Excitación? ¿Orgullo? ¿Determinación? ¡Todo ello! Pero, sobre todo, sentimos un maremoto de miedo. Queda mucho por recorrer, es la maratón más increíble del mundo, en una ciudad dura. Pero es un grandioso momento que te tenía reservado el destino.

Ésta es una carrera, ésta es una ciudad, que te cambiará la vida…

Kathrine Switzer
(Foto NYRR)

A lo largo de los 42,195 kilómetros de recorrido te encontrarás con gente de todo el mundo, no sólo aquéllos que corren a tu lado, sino también los que te animan desde las aceras. Nueva York no es un lugar cualquiera, es un tapiz de barrios en el que las diversas etnias están entretejidas. En la zona judía te sentirás como si estuvieras en el Antiguo Testamento. En Harlem, los afroamericanos te transmitirán su energía. En la zona polaca, creerás que estás en un mercado callejero de Varsovia…

Tú también te sentirás así en las calles de Nueva York. Algunos te animarán en tu mismo idioma y, seguramente, olerás comida que te resulte familiar, como si estuvieras en tu propia cocina. Y entonces, cuando finalmente empieces a rodar junto al centelleo otoñal rojo y dorado del precioso Central Park, te darás cuenta de que, conforme vayas rezando para que aparezca una línea de meta que parece que nunca llega, agradecerás los gritos de ánimo que te dan en todos los idiomas habidos y por haber.

Hay cerca de un millón de personas gritando y animándote, deseando que superes cuantos obstáculos se te pongan por delante. Te comprenden porque ellos también viven y luchan cada día en esta despiadada ciudad y hoy es el único día del año en el que te dan todo lo que tienen: amor, coraje, fe… No les fallarás. Simplemente porque ellos no permitirán que lo hagas.

Ésta es una carrera que comenzó como el sueño de un extravagante hombre llamado Fred Lebow. Le encantaba la manera en la que la maratón había cambiado su vida, y quería que todo el mundo sintiera lo mismo. Así que arrancó la Maratón de Nueva York el año 1970, en los confines de Central Park (cuatro vueltas complicadísimas colina arriba y colina abajo). Pero en 1976 Lebow vio en el Bicentenario Americano la excusa perfecta para llevar la carrera a las calles de Nueva York. Esto fue algo más que una simple conmemoración: fue el nacimiento de la Maratón de la Gran Ciudad, una idea que ha transformado las calles no sólo de Nueva York, sino de muchas de las grandes urbes del mundo.

Ha sido un privilegio para mí correr algunas de aquellas incipientes Maratones de Nueva York, y haberla ganado en 1974. Después, seguir la carrera durante 30 años como comentarista televisiva, algunas veces en una moto junto a los líderes por todo el recorrido, estando lo suficientemente cerca de ellos para poder palpar de primera mano los triunfos y las decepciones de algunos de los más grandes corredores de nuestro tiempo. En aquellos años, también he visto cómo la Maratón de Nueva York ha ayudado a definir, a dividir y a reconciliar a esta gran ciudad con sus éxitos y sus decepciones.

Nueva York es la vida en sí misma. Ésta es la historia de esta carrera. Ésta es una invitación para que la corras.

(Extraído del prólogo escrito por Kathrine Switzer para la «Guía para correr la Maratón de Nueva York)